Lo primero será decir que me llamo Jorge Andrade, que ya estoy muerto y que nunca pude terminar mi novela.
Es inútil evitarlo, todas las despedidas ocurren bajo la lluvia. Nunca ocurren bajo el sol de verano. Siempre esta el aguacero ahí presente. Era lo único en lo que podía pensar mientras la esperaba en aquella esquina, mientras veía el cielo cerrado en nubes empolvadas cayéndose a pedazos.
Luego la vi pasando la calle. No supe porqué vino a verme vistiendo ese horrible gabán rojo, tampoco entiendo como, aunque ella soportó la inclemencia de la lluvia durante varios minutos, cuando entramos al café no estaba mojada y yo, por el contrario, tenia el aspecto triste de un gorrión empapado.
Lo primero fue como acortar las distancias, preguntar sobre la salud de su madre, si seguía teniendo problemas en el trabajo, si el gordo Billy seguía coqueteándole. Ella preguntó por mi gato Pink, si finalmente había terminado mi novela y dos o tres estupideces más con las que intentamos calentar el hielo del adiós.
Tras conversar finalmente supe que mis sospechas eran ciertas: la despedida no tenía nada que ver conmigo, ni con ella; tenía que ver con él. Lo siguiente fue una enumeración frenética de cualidades de un imbécil al que yo ni siquiera conocía: que sale a bailar, que la llama, que es pintor, que los mensajes, que se pinta ridículos ojos en las manos, que le gustan las armas, que no busca estar con otra persona, que la hace reír y diez mil cualidades obtusas que podríamos poner en el cuerpo de cualquier otro idiota.
No recuerdo con certeza si hubo lagrimas. Recuerdo una sonrisa leve y la mirada nostálgica perdiéndose en las notas de un blues de Muddy Waters. Las notas de esa armónica despiadada chisporroteaban y salían por la ventana para perderse confundidas entre los latidos de la lluvia.
Lo siguiente fue ir a su casa por mis libros. Esa costumbre masoquista de devolverse los favores y los objetos amados que algún día fueron de ambos. Su gata blanca no me saludó, me miró aterrada desde una esquina relamiéndose una pata.
Ella comenzó a meter mis cosas en una caja y yo fui al baño para corroborar mi existencia, para comprobar con mis propios ojos que aun estaba con vida. Entonces fue ahí, mientras veía mi rostro en el espejo, cuando vi entrar el revolver en cuadro; luego el estruendo y la mirada aterradora de ella viéndome caer, las uñas rojas agarrando temblorosas el mango oscuro del revolver, creo que también escuché ese llanto sutil que tanto detestaba.
Mientras todo se iba volviendo luz pregunté con debilidad de donde había sacado ese revolver, pero entonces recordé sin entender que a él le encantaban las armas, todo cobró entonces una lógica inexplicable… También recordé que no escribí el final de mi novela, y que nunca, jamás terminé de amarla. No me quedó otra opción que sonreír mientras mi cuerpo se iba sumergiendo en una montaña de hielo.
Jorge Andrade


4 andan por ahi:
Porque él se dejó de la literalidad, si sabía que el nuevo amor de ella lo estaba matando, entonces qué más que su revolver.
Jorge, siempre te lo diré que grato leerte. De verdad.
Un abrazo.
José Roberto Coppola
ddespues de años enteros, hasta ahora recuerdo que me quede con un libro y jamas se me ocurrio devolverlo, tambien era una tarde gris y despues llovio, y otras coss tambien
Un cuento muy bueno, en el que la ficción y la realidad juegan con la mente del lector. Y bueee, qué casualidad, siempre es invierno cuando llega la despedida...
Un beso
José: gracias, para mi tambien es gratisimo volver a tus textos...
Maria: me pregunto de que Maria se tratará... de todas maneras gracias por venir. Y bueno, mejor no devuelvas el libro, volver sobre el pasado pesa mucho.
Nancy: chevere que te hayas vuelto una visitante constante de este sitio... un beso para ti.
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